La IA me salvó un proyecto la semana pasada. Y también me hizo dudar.

El jueves pasado di una charla en ANDA Cowork. El título: Por qué la IA te agobia y cómo evitarlo en 3 pasos.

Media hora de charla, y después una conversación abierta con la gente que se quedó. De ahí salió algo que me sigue rondando. Cuento primero lo que pasó la víspera, y luego vuelvo a eso. 

Miércoles por la tarde, 17:30

Un cliente me escribe. Es un centro educativo en Cádiz, trabajamos juntos en un proyecto sobre pesca sostenible. Todo bien encaminado. Hasta que dice:

«Susanne, necesitamos también una landing page interactiva. Para mañana.»

Para mañana.

Hace dos años, esto me habría costado o una noche en vela, o una llamada incómoda diciendo «no llego». Probablemente las dos cosas.

Pero ya conozco Lovable. Es una herramienta que te deja construir páginas web con IA, describiendo lo que quieres en lenguaje normal. No hay que programar.

Abrí el portátil, empecé a describir la página. Tema, secciones, qué tenía que pasar cuando alguien hace clic. La IA construyó la estructura, yo ajusté los textos, cambié colores, moví cosas. A las once de la noche tenía una landing decente. El jueves por la mañana, después de revisarla con café, la mandé.

El cliente contento. Yo, dormida pero entera.

Eso es lo que la IA me permite hacer ahora. No «transformar mi negocio». Cosas mucho más pequeñas y más reales: rescatar un jueves.

Lo que uso de verdad, casi cada día

No tengo cien herramientas. Tengo dos.

Claude Cowork me organiza el trabajo invisible. Le tengo tareas programadas: cuando estoy preparando una formación, me estructura el contenido y me arma las unidades didácticas. Cuando tengo que crear contenido para Instagram o mi newsletter, también. No reemplaza mi cabeza, pero me quita la parte de «por dónde empiezo» qué es la que más cansa.

Gamma la uso para las keynotes. Para las presentaciones, vamos. Porque sí, sigo dando charlas con diapositivas, y antes me pasaba horas peleándome con plantillas. Ahora no.

Eso es todo. Dos herramientas que uso bien. No quince que uso a medias.

Y entonces, en Granada, alguien dijo algo

Volvamos a la charla del jueves.

Después de mi parte, en la conversación abierta, alguien sacó el tema de la automatización. Concretamente: los mensajes masivos en frío. Esos que te llegan por LinkedIn o por email, personalizados con tu nombre y tu empresa, pero que claramente los ha escrito una IA.

«¿De verdad eso funciona?», preguntó alguien. «Porque yo, cuando recibo uno de esos, lo veo a la legua. Y me da menos confianza, no más.»

Y ahí se armó. Porque tenía razón.

Podemos automatizar mil cosas. Podemos mandar cien mensajes en el tiempo que antes mandábamos diez. Pero si la persona que los recibe nota que no hay nadie del otro lado, hemos ganado eficiencia y perdido lo único que importa en la captación: que alguien se interese de verdad por ti.

Esa conversación me hizo pensar. La IA es buena cuando me permite hacer mejor lo que ya hago. Es mala cuando me permite hacer más de lo que no debería estar haciendo.

Una landing en una noche para un cliente que ya confía en mí: bien. Cien mensajes idénticos a desconocidos firmados con mi nombre: no, gracias.

Lo que me llevo de Granada

Vine a hablar de cómo la IA puede dejar de agobiar. Me fui pensando en cómo la IA puede dejar de deshumanizar.

Son dos caras del mismo problema. Si la usas mal, te agota a ti y aleja a los demás. Si la usas bien, te libera tiempo para estar más presente, no menos.

Por eso lo digo siempre, y lo repito aquí: tú lideras, la IA asiste. No al revés.

Gracias a ANDA por la tarde, por la conversación, y por dejarme escribir esto aquí.